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Amiga, hermana, esta es tu manada

Yo viví en la ciudad de México por varios años. Vivía en el mero cruce de la avenida Reforma e Insurgentes. Para quienes conocen la ciudad de México pueden imaginarse la cantidad de manifestaciones que vi pasar por ahí. Me uní a muchas. Después una vez en un evento masivo (no manifestación) tuve un ataque de desesperación, quería salir de ese lugar y no tenía hacia donde caminar, solo alcanzaba a ver 4 pequeñas salidas (calles del centro). Nunca más volví a una manifestación o evento masivo (a menos de estar en un área preferencial donde me sintiera segura de no morir aplastada).

Image may contain: 17 people, including Karl Counch and Brenda Belmares, people standing and outdoor
La comunidad de Speakhers presente

Ese miedo me alejó por años de las marchas del 8 de marzo. Cada inicio de marzo me sentía sumamente agobiada: quería ir a la marcha, pero tenía miedo. Terminaba siempre viéndola por noticias y redes sociales. Este año sentía la misma indecisión, pero más fuerte. Tenía mucho miedo, no solo de morir aplastada, sino a todos los mensajes de odio y amenazas que hicieron hacia las que participaran en la marcha. Por otro lado, mi enojo e indignación también eran grandes y quería salir, marchar y expresar a través de esta acción mi profunda insatisfacción con la manera en la que el gobierno y la sociedad mexicana trata a las mujeres.

Llegó el día 8 de marzo, Bobby y yo nos despertamos con muchísima calma. Por fin me sentí descansada. Platiqué con él lo difíciles que han sido estos días para mi. En mi mente han estado los feminicidios, el paro, la resistencia al paro, la pus machista, los grupos de WhatsApp que brillan en ignorancia y odio, la conciencia de venir de familias que han ignorado e intentado silenciar a familiares mujeres que han sido víctimas de violencia feminicida, etc. Después de poder articular toda esta nube mental también me sentí mejor, más honesta y compasiva conmigo.

Desayunamos y reímos. Tomé mi celular y una amiga muy querida me dijo: “Elena, si vas a la marcha yo voy”. Antes de haber visto su mensaje yo ya tenía casi decidido que no iría, pero al leerlo cambié de opinión y le mandé mensaje a otras amigas, al final fuimos 5 que pensábamos no ir. Mi decisión cambió porque aliadas feministas, particularmente Stef, me hicieron sentir muy segura. Stef me compartió lo bonito de la organización: habría muchas células de seguridad, la cruz roja, protección civil, la CEDH, Amnistía Internacional y observadoras de Derechos Humanos.

El proceso de alistarme me puso nerviosa, baje apps de seguridad, compartí mi ubicación en tiempo real con N personas. Me puse mis botas de senderismo, con ellas me siento invencible. Me vestí de negro y tomé una mascada, por aquello de tener que cubrirse en caso de gas lacrimógeno y otro montón de medidas de precaución que leí. La medida que de plano no pude hacer fue ponerme mi nombre en el brazo y un teléfono de emergencia. Me dio miedo.

Llegamos a MARCO y en el camino a la explanada nos fuimos encontrando más amigas. Vimos la fuente de Neptuno, se veía agua rosada/violeta que salía de la fuente, pero cuando nos acercamos pudimos ver que era agua roja. Recordé la historia de las mujeres obreras que fueron asesinadas por su patrón por irse a huelga y los 10 feminicidios diarios en nuestro país.

Seguimos caminando hacia la explanada. A lo lejos ya escuchábamos las voces de mujeres cantando y gritando consignas, fue muy emocionante. En el camino encontramos una intervención artística, bolsas de basura que asemejaba tener cuerpos de mujeres dentro. Así, como las dejan expuestas en lugares públicos. Con el corazón acelerado caminamos hasta encontrar a más conocidas. La mayoría de ellas también marchaban por primera vez este 8 de marzo. Nos formamos y unimos a un contingente, al parecer el de profesoras y universitarias.

Mientras esperábamos empezar a marchar yo escuchaba las consignas y sentía como se me cerraba la garganta. Aunque quería gritar al inicio no pude. La primer consigna que pude decir fue “Ni una menos, vivas nos queremos”. Poco a poco sentía como liberaba mi voz, y a mi voz se le unían mis brazos y mi puño.

Quienes me conocen saben que tengo la voz bajita y que gritar me desagrada muchísimo, pero el momento lo ameritaba: deje salir toda mi voz para decir lo más fuerte que pudiera “señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”. Veía a las personas que observaban la marcha e intentaba hacer contacto visual con ellas, al mismo tiempo que todas coreábamos “mujer, escucha, esta es tu lucha”.

Llegó el momento de corear: “y la culpa no era mía, ni donde estaba ni cómo vestía”. Me di cuenta, que si alguna vez había “cantado” esta estrofa, nunca la había gritado. Entonces me hice consciente todavía de algo más profundo: nunca había tenido la oportunidad que estaba teniendo en ese momento, gritar que no fue mi culpa cuando un desconocido me tocó las nalgas mientras caminaba en el centro de Monterrey; tampoco cuando un amigo de mis familiares rozaba su pene en mi trasero cuando me cargaba y yo era una niña; que no había sido mi culpa cuando un viejo pervertido de más de 60 años me tocó los genitales; que tampoco había sido mi culpa cuando un carro me siguió varias cuadras mientras me acosaba sexualmente; tampoco había sido mi culpa cuando un tipo no me dejaba bajar de su carro hasta que le diera un beso, cuando un taxista me tocó los senos o cuando caminando me atacaron y me aventaron un huevo en la cabeza.

Por primera vez pude gritarlo y pisar fuerte mientras repetía junto con todas “y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni cómo vestía”. Gritaba con ellas. Gritábamos juntas y estaba deseando que muchas como yo nos estuviéramos sintiendo liberadas al gritar que no fue nuestra culpa. “Con ropa, sin ropa, mi cuerpo no se toca!”; “Yo sí te creo”.

Después tocó gritar la consigna “la policía no me cuida, me cuidan mis amigas”. Pasaron por mi mente los recuerdos de policías que me han acosado con la mirada y chistidos en espacios públicos, que lejos de hacerme sentir segura, me hacen sentir miedo. También recordé todas esas veces en las que yo he canalizado a mis amigas con quienes pudieran darles acompañamiento diverso. Gritaba la consigna mientras tomaba a mi amiga de la mano y me hacía sentir segura. Recordé que lo que me hizo sentir segura de asistir a la marcha fueron las aliadas feministas que me compartieron todas las medidas de seguridad que habían tomado. Me daba mucha calma ver a diferentes aliadas cuidando los contingentes y a las observadoras de la CEDHNL a lado de nosotras y a las marchitas que tenIan en su ropa colgado con un segurito un letrero que decía “Primeros Auxilios”.

Casi al finalizar la ruta de la marcha, cuando pasamos frente al Palacio de Monterrey, se escuchó la consigna “No estás sola, nos falta Abril”. Ahí, en la acera estaba la hija mayor de Abril (quien fue asesinada en noviembre 2019 en la cdmx), con una cartulina. Me fue imposible no sollozar. Veía como muchas se acercaban a abrazarla, mientras otras gritábamos con toda nuestra fuerza “Ni una menos, vivas nos queremos”.

La marcha terminó y creo que ahora puedo responder la pregunta de “qué se logra con ir a una marcha o para qué ir a una marcha?”, en particular a una marcha del 8 de Marzo. Para mi el resultado más evidente fue darle un espacio a la rabia, el resentimiento y la indignación que he reprimido por vivir en una sociedad altamente misógina. Fue una oportunidad para poder canalizar mi indignación de manera colectiva y como un motor de transformación social.

Al final de la marcha me sentí fuerte, acompañada, empoderada.
Hoy varias veces me preguntaron sobre la marcha, me preguntaron que qué opinaba. Les dije lo maravillosa que había sido mi experiencia y abrí la invitación a que vayan, a que lo vivan en carne propia y que ellas mismas a través de su participación opinen.

Es una experiencia que les deseo a todas. Amiga, hermana ve a conocer a tu manada.

 

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